miércoles, 19 de agosto de 2020

Siempre he sido un ingrato. Lo suelo ser con las personas que me importan, las que no me importan y con este blog. A veces, en días muy puntuales cada varios años, suelo stalkearme a mi mismo. Mejor dicho, a lo que fui durante todos estos años. En todas estas veces, encuentro este blog, algún que otro foro en que solía participar y siempre me sorprende lo diferente que era hace unos años.

Como fuese, las cosas son diferentes ahora: trabajo en el área de comunitarias de una mina y aún sigo buscando el sentido a esta vida de mierda. Gano lo suficiente para vivir solo, pude aprovechar bastante bien creo la posición privilegiada en que nací y crecí. Lo que no pude, fue romper la burbuja en la que me encontraba. Si mi yo del pasado hubiese tenido idea o al menos una pista de lo que soy hoy, quizás hubiese intentado hacer algo diferente. Aunque lo más probable, es que sería el mismo resultado.

No digo que todo ha sido malo desde la última vez, hubieron momentos que realmente me hicieron feliz. En este tiempo, logré sentirme realizado profesionalmente, como persona, como amigo, como pareja y como vínculo. Solo que, este mundo es tan demandante y cruel y no encuentro refugio. Cuando creí encontrar ese espacio seguro, donde no hay que aplicar ninguna táctica, ni tampoco hablar de los logros que todo adulto tiene que tener, ni esconder ni pretender nada, se escapó de las manos como liquido de nuestra modernidad. Supongo que, asimilar esto es parte de ser adultos. Nada en esta vida es justo y  hay que aprender a vivir con todos nuestros errores y fracasos, seguir adelante. La máxima expresión del pragmatismo. 

A veces pienso que, así tengamos segundas oportunidades, las desperdiciaríamos igualmente pero de manera distinta. Y es que, tener segundas oportunidades no nos hace más sabios, ni mucho menos futurólogos; solo nos da otro camino para seguir haciendo lo que somos en ese momento. Y otras veces, pienso que. brindar una segunda oportunidad es la mayor muestra de afecto que nos pueden dar. Nos dicen que sí, nuevamente, a pesar de lo que pasó y sabiendo que somos una mierda de persona. Es con lo que uno espera contar siempre para hacer frente a esta sociedad tan aplastante con las formas y las maneras tan radicales de ver el mundo hoy en día.

Continuando con lo último que mencione en este anacrónico blog, egresé de la universidad el 2016 y hasta ahora no tengo mi título. Recuerdo que, me planteé muchas cosas, profesionalmente hablando, de las cuales hice algunas pocas. Y para no sentirme tan culpable, diré que fueron rescatables estas pocas cosas. Ese mismo año, inicie mis prácticas en el Ministerio del Ambiente. Fue una experiencia increíble, era lo que me gustaba en ese momento. Tuve muchísima inocencia al pensar en una cultura ambiental colectiva en la que todos podamos disfrutar de la más hermosa coincidencia que tenemos los seres humanos: la naturaleza. Cada vez más me iba involucrando e interesando en temas ambientales, tuve un huerto en el techo de mi casa y cada día podía ver crecer vida gracias a mis cuidados, es una sensación increíble, te llena de orgullo saber que todo el cariño que transmites en las cosas que haces tienen su recompensa. De esta misma manera, puse mucho esfuerzo académico desde la sociología para abordar temas ambientales, incluso legales. En una de esas oportunidades, pude ingresar a un curso de Derecho Ambiental de un conocido taller donde aprendí mucho sobre el tema. A pesar de que el objetivo era nutrir mis conocimientos en materia ambiental en el taller, no fue lo mejor que me llevé de ese lugar.

Ya a mediados del 2017, solo me dedicaba a realizar unos cuantos trabajos esporádicos en la universidad, decirle a todo el mundo que avanzaba en mi tesis y jugaba por ratos al enamorado. Aun no me daba cuenta de nada lo que ocurría a mi alrededor. Pensaba que seguía en pre-grado, que iba a ser toda la vida un mantenido, que no importaba el tiempo, ni tampoco las verdades a medias. No todos somos responsables en la misma medida y con cada día de realidad se va yendo a la mierda la esperanza y la fe. No fue hasta finales de año que postulé para desarrollar practicas profesionales en una minera "grande" y tuve suerte en que me seleccionen. Así fue como el 2018 inicié el año viviendo en Huaraz y esto se prolongó hasta marzo de 2020.

La vida de minero no es mala, pero es bastante dura. Pasaron tantas cosas durante estos casi 3 años, que si comento todo, seguro sería la única persona dispuesta a leer este blog. Posiblemente sea la única persona que lee este blog. Como sea, en una mina o en cualquier otro escenario, de todas formas iba a chocarme de cara, bastante fuerte, con la vida adulta. Un mundo sofocante que no perdona tus errores y nos reconoce no por lo valioso que seamos como personas, sino por lo tan bien que hagamos nuestro trabajo. Es duro y complicado asimilar este mundo, siempre que lo hago se me hace un nudo en la garganta. Me es difícil continuar y continuamente se me humedecen los ojos solo de pensar que el resto de la vida que nos queda se resuelve laboralmente y que para demostrar ser exitoso debemos ser unos hijos de puta con una sonrisa de oreja a oreja las 24 horas del día y cagándonos en quienes denominan inferiores a nosotros.

Lo mencione creo, el dinero no es problema. El problema siempre ha sido no encontrar ese refugio donde uno puede ser autentico sin necesidad de estar compitiendo todo el día o esperando que le claven un machete por la espalda. Encontré por un tiempo, ese lugar seguro en el cual me sentía en calma, escuchado, querido, deseado, admirado y sobretodo: feliz de poder sentirme a gusto por como era. Sin etiquetas, sin títulos, sin el qué dirán o el cómo sera el futuro. Quizás tuve que valorar muchísimo más ese espacio y ese momento que me brindaron. A veces recuerdo ese refugio sin nombre con muchísima dicha e imagino escenas en las cuales sigo estando ahí, en ese pequeño espacio en el que puedo descansar de este miserable mundo. Otras veces lo recuerdo con tristeza y melancolía, y me arrepiento por no haberlo cuidado mejor. El sufrir nos hace valorar lo que tuvimos y nos enseña a la mala que esta vida no es justa para nadie.

Aún no quiero rendirme, quiero encontrar nuevamente ese refugio y poder descansar plenamente ahí durante lo que me quede de existencia. Si, estoy más viejo ahora y probablemente el mundo quiera hacerme mierda más pronto que tarde. Pero no me rendiré en intentar encontrarlo. Gran parte de mi ingenuidad en la cultura ambiental se ha movido aqui. Luchar por algo que creemos merecer o por algo bonito o por lo que consideremos que vale la pena, siempre va a ser una causa justa, admirable, digna y cargada de amor propio.

Ya estoy sobre la hora de dormir por bastante, me espera un día de trabajo largo y no quiero dejar de escribir estas líneas con algo de motivación y sobretodo recordando lo que fui para tener un poquito más claro lo que debo hacer. Espero que mi yo del futuro pueda leer todo esto y darle el sentido que necesite en ese momento.